sábado, 21 de diciembre de 2013

INVITA AL VERDADERO FESTEJADO

Nuestro amigo y compañero D. Francisco Arenillas me ha pasado este texto y el siguiente para que todos los podamos leer y reflexionar, a ser posible, en familia. ¡Son muy buenos! ¡No tienen desperdicio!

Como sabrás, nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños. Todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, en la televisión y por todas partes no se habla de otra cosa, sino de lo poco que falta para que llegue el día. La verdad es agradable saber que, al menos, un día al año algunas personas piensan un poco en mí. Como tú sabes, hace muchos años que comenzaron a festejar mi cumpleaños, al principio no parecían comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero hoy en día nadie sabe para que lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho pero no saben de qué se trata. Recuerdo el año pasado: al llegar el día de mi cumpleaños hicieron una gran fiesta en mi honor; pero, ¿sabes una cosa?: ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme, la fiesta era para mí y cuando llegó el gran día me dejaron afuera, me cerraron la puerta. ¡Y yo quería compartir la mesa con ellos! (Ap 3, 20). La verdad no me sorprendió, porque en los últimos años todos me cierran las puertas. Como no me invitaron, se me ocurrió estar sin hacer ruido, entré y me quedé en un rincón. Estaban todos bebiendo, había algunos borrachos, contando chistes, carcajeándose... Lo estaban pasando en grande; para colmo llegó un viejo gordo, vestido de rojo, de barba blanca y gritando: “Jo, jo, jo,jo”. Parecía que había bebido de más, se dejó caer pesadamente en un sillón y todos los niños corrieron hacia él, diciendo: “Santa Claus, Santa Claus”. ¡Como si la fiesta fuera en su honor! Llegaron las doce de la noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que alguien me abrazara. Y, ¿sabes?, nadie me abrazó. Comprendí entonces que yo sobraba en esa fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retiré.


Tal vez crean que yo nunca lloro, pero esa noche lloré, como un ser abandonado, triste y olvidado. Me llegó tan hondo que al pasar por tu casa, tú y tu familia me invitarais a pasar, además me tratasteis como a un rey, tú y tu familia realizasteis una verdadera fiesta en la cual yo era el invitado de honor. Que Dios bendiga a todas las familias como la tuya, yo jamás dejo de estar en ellas en ese día y todos los días. También me conmovió el Belén que pusisteis en un rincón de tu casa. Otra cosa que me asombra es que el día de mi cumpleaños, en lugar de hacerme regalos a mí, se regalen unos a otros. ¿Tú qué sentirías si el día de tu cumpleaños se hicieran regalos unos a otros y a ti no te regalaran nada? Una vez alguien me dijo: “¿Cómo te voy a regalar algo si a ti nunca te veo?”. Ya te imaginarás lo que le dije: “Regala comida, ropa y ayuda a los pobres, visita a los enfermos, a los que están solos y yo los contaré como si me lo hubieran hecho a mí” (Mt 25, 34-40). A veces la gente sólo piensa en las compras y los regalos y de mí ni se acuerdan. (Probablemente así hablaría Jesucristo).

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